¿Qué es la Biblia y qué queremos decir cuando decimos que es “Palabra de Dios”?
La mayoría de las personas ha tenido alguna vez una Biblia entre las manos. A veces incluso la Iglesia la pone literalmente en nuestras manos: el papa Francisco, por ejemplo, tuvo durante años la costumbre de regalar Biblias en la plaza de San Pedro después del ángelus. Y eso está muy bien. La liturgia, además, nos presenta la Biblia cada día, y de manera especial cada domingo, en la liturgia de la Palabra.
Pero aquí aparece un riesgo: creer que escuchar la Biblia y comprenderla es algo obvio, casi automático. Y no lo es en absoluto. Para leer la Biblia con provecho no hacen falta grandes conocimientos especializados, pero sí un conjunto de nociones básicas, una cierta preparación mental que nos ayude a no confundirnos, a no ir al texto con expectativas que él no va a cumplir, y sobre todo a descubrir qué expectativa tiene la Biblia respecto de nosotros.
Esta serie, Leamos la Biblia, nace precisamente con ese objetivo. No es un curso en sentido estricto: se pueden ver los vídeos y leer las publicaciones en el orden que uno quiera, saltar unos y detenerse en otros. Pero sí intentará recorrer, poco a poco, los fundamentos necesarios para entender la Biblia tal como la Iglesia nos pide que la entendamos, algo que —conviene decirlo desde el principio— no es nada obvio.
Biblia: no un libro, sino una biblioteca
Empecemos por lo más elemental: la palabra Biblia. Solemos decir “la Biblia” como si se tratara de un objeto unitario, igual que decimos “el teléfono” o “el cuaderno”. Sin embargo, el propio nombre ya nos está advirtiendo de algo importante.
Biblia es una palabra griega en plural. Significa literalmente “los libritos” o “la pequeña biblioteca”. Es decir, no designa un único libro, sino un conjunto de escritos. Y la palabra libritos está muy bien elegida: los libros bíblicos, tomados uno por uno, son en realidad unidades pequeñas.
Un ejemplo extremo es la carta a Filemón: eso es, en sentido estricto, un libro bíblico, apenas media página. Otros son algo más largos, pero no tanto como solemos imaginar. Uno de los libros más extensos del Antiguo Testamento, Isaías, ocupa relativamente poco si lo comparamos con lo que hoy llamamos un “libro”. Incluso el conjunto más amplio, el Pentateuco —los cinco primeros libros, que los judíos llamaban “la Ley”—, sigue estando lejos de nuestro concepto moderno de libro voluminoso.
Además, estos libros no sólo son pequeños: son muy distintos entre sí. La carta a Filemón es una carta. El Génesis es un libro narrativo. Isaías es profético. Los Salmos forman una colección poética. Pensar la Biblia como una biblioteca es, por tanto, la mejor manera de entender qué es: una biblioteca contiene diccionarios, novelas, tratados, poesía… y la Biblia también.
Lo esencial: la Biblia como Palabra de Dios
Ahora bien, lo más importante de la Biblia no es que esté compuesta por 73 libros, ni siquiera que se divida en Antiguo y Nuevo Testamento. Lo verdaderamente decisivo es que afirmamos de ella que es Palabra de Dios.
¿Y qué queremos decir con eso?
Cuando decimos “este texto es palabra de Abel”, entendemos que en él se expresa esa persona: sus ideas, su manera de pensar, su voz. Pero con la Biblia corremos el riesgo de aplicar de manera espontánea —y equivocada— una imagen muy concreta: imaginar que Dios escribió, o al menos dictó el texto palabra por palabra, como si se sentara a hablar y unos escribas tomaran nota.
Hay verdad en la afirmación de que Dios habla en la Escritura, pero no se trata de un dictado. De hecho, comprender qué significa realmente que la Biblia es Palabra de Dios nos va a ocupar toda esta serie. Cuando eso se entiende bien, la Biblia se abre de tal manera que ya no hace falta que nadie venga constantemente a explicarla.
Por ahora, basta con fijar una primera idea fundamental: la Palabra de Dios no se recibe como un dictado mecánico.
Los evangelios y la “inteligencia pascual”
Este punto se entiende muy bien si pensamos en los evangelios. A veces se los imagina como una grabación literal de lo que Jesús dijo y hizo: Jesús habla, los discípulos memorizan, y más tarde escriben.
Sin embargo, cuando la Iglesia define qué son los evangelios, afirma que recogen la predicación apostólica “con aquella crecida inteligencia que les dio el haber participado en el misterio pascual”[1]. Esa expresión es clave: los apóstoles no repitieron las palabras de Jesús como un grabador. Comprendieron a Jesús a la luz de su muerte y resurrección, y desde ahí lo anunciaron. Entre el Jesús histórico y los textos evangélicos se interpone la Pascua. Esa es la “ventana” desde la cual miran.
Esto tiene una consecuencia muy fuerte: si uno hubiera estado físicamente presente escuchando a Jesús, por ejemplo en el Sermón del monte, no habría entendido lo que hoy entendemos al leer ese texto en el evangelio de Mateo. El texto evangélico está escrito desde la fe pascual. No es una transcripción, sino una interpretación creyente.
Las palabras son de Jesús, pero están ordenadas y presentadas de manera que expresen el sentido profundo de su misión: preparar y realizar la Pascua, y preparar la Pascua de la Iglesia.
Una sola Biblia, dos grandes “ventanas”
Esto que vale para los evangelios vale para toda la Biblia. La Escritura es Palabra de Dios, pero expresada a través del prisma humano de sus autores, los hagiógrafos. Por eso cada libro tiene un tono, un estilo, una manera de mirar la realidad. Cuando uno conoce la Biblia, reconoce inmediatamente si un texto es de Isaías, de Jeremías o del Génesis, no por la cita, sino por su mirada.
Podemos decir que la Biblia tiene dos grandes ventanas:
El Antiguo Testamento, que mira la historia a la luz de la alianza, de la promesa de Dios de un pueblo, de una tierra, de un rey.
El Nuevo Testamento, que mira todo a la luz de la Pascua de Jesús, la Nueva Alianza.
Estas dos miradas no se oponen ni se sustituyen: son inseparables. Por eso es tan profunda la famosa frase de San Agustín:
“En el Antiguo está latente el Nuevo; en el Nuevo está patente el Antiguo”. [2]
No se puede entender la Pascua de Jesús sin la alianza antigua, ni la alianza antigua alcanza su plenitud sin la Pascua.
En la misma línea, San Jerónimo afirmaba:
“Desconocer la Escritura es desconocer a Cristo”. [3]
Recapitulación
Para cerrar este primer paso, conviene retener algunas ideas fundamentales:
-La Biblia no es un libro unitario, sino una pequeña biblioteca.
-Está formada por 73 libros, organizados en Antiguo y Nuevo Testamento.
-El Antiguo Testamento no está “caducado”: ofrece la mirada de la alianza.
-El Nuevo Testamento ofrece la mirada de la Pascua de Jesús, inseparable de la anterior.
-La Biblia es Palabra de Dios, pero no un dictado: es Palabra de Dios expresada a través de autores humanos, desde una fe vivida y comprendida.
Con este marco básico comienza el camino de Leamos la Biblia. A partir de aquí, todo lo que busquemos en la Escritura —en definitiva, a Cristo— empezará a mostrarse con mayor claridad.
[1]: "No se puede negar, sin embargo, que los apóstoles presentaron a sus oyentes los auténticos dichos de Cristo y los acontecimientos de su vida con aquella más plena inteligencia que gozaron a continuación de los acontecimientos gloriosos de Cristo y por la iluminación del Espíritu de verdad" (Instrucción Sancta Mater Ecclesia, nº 2, 1964)
[2]: San Agustín: Quatest. In Hept, II 73
[3]: San Jerónimo: Prologus in Isaiam.