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Me pidieron que explicara la relación que tienen estos cuatro términos: doctrina, Biblia, tradición y Padres de la Iglesia. ¿Cómo se relacionan uno con otro, cómo podemos entender todo ese conjunto?
Comencemos por la que parece más inmediata, o más sencilla, que es la doctrina. Todos sabemos lo que es la doctrina de cualquier realidad: es un corpus de enseñanzas que se pueden fijar, transmitir y debatir. Respecto de la fe cristiana, lo mismo: la doctrina cristiana será el conjunto de enseñanzas que se pueden transmitir, debatir y hacer crecer, pero siempre orgánicamente; siempre en un corpus, siempre tiene una lógica.
Esa doctrina no está, como tal, en la Biblia. La Biblia es, por un lado, la raíz de toda la doctrina cristiana, pero no contiene ella misma la doctrina cristiana. La palabra “doctrina” se utiliza en la propia Biblia, y hay un fragmento especialmente hermoso que hemos leído estos días en los Hechos de los Apóstoles. En Hch 2,42 dice: “Y perseveraban en la enseñanza de los apóstoles”. La palabra que se utiliza aquí para “enseñanza” es precisamente “doctrina”, —didajé, en griego—.
Notemos que no dice “perseveraban estudiando la Biblia”, sino “en la enseñanza de los apóstoles”. ¿Significa esto que no leían la Biblia? Sí, claro que la leían: la leían en la liturgia, en la oración, compartían esa Escritura (que, en ese momento, era lo que nosotros hoy llamamos el Antiguo Testamento), buscaban, escudriñaban el texto buscando los signos del Mesías sufriente. Sin embargo, la doctrina es la de los apóstoles: ellos, como maestros, daban forma a esta vivencia de la fe.
Entonces, ¿qué contiene la Biblia, si no contiene la doctrina? La Biblia contiene la revelación de Dios. Y en esto hay que ser muy firmes: Dios no es un hombre, no pertenece a nuestro horizonte de comprensión. Dios está más allá de nuestras palabras, de nuestros sentimientos, de nuestra imaginación. Dios es trascendente, está más allá.
Esto significa que, aunque yo explore todo el mar hasta el fondo —y a lo mejor, con aparatos, puedo llegar al fondo del mar—, nunca voy a llegar al fondo de Dios, precisamente porque es trascendente. Dios está más allá de cualquier concepto, de cualquier imagen, de cualquier sentimiento nuestro. Por lo tanto, el único modo de conocerlo es que él se me muestre.
Puedo llegar a descubrir que esta realidad no se fundamenta sola, sino que tiene que estar fundamentada en algo que la excede (Rm 1,19-20). Puedo descubrir eso, pero es un descubrimiento negativo: descubro que esto, por sí mismo, no vale nada, pero a aquel que vale, a aquel que le da valor, no lo puedo descubrir yo. Tiene que venir él a hablarme, a descubrirse. Eso es la revelación: el acto por el cual Dios decidió manifestarse en la historia de los hombres.
De esa revelación es testimonio la Biblia. Y, pensándolo desde este lugar, se entiende mejor por qué la Biblia tiene forma de historia: le habla a un hombre que hace historia, así que le habla históricamente y se va manifestando en cada momento de la historia de los hombres.
Pero entonces, ¿la Biblia no se terminó de escribir? En realidad, sí. La Biblia se terminó porque en esa historia hay una profundización cada vez mayor, hasta que Dios decide manifestarse no ya al hombre, sino como hombre, hacerse hombre en Cristo. Él es la plenitud de la revelación.
Pero eso no significa que esa revelación ya la tengamos aprendida, acopiada, y que la podamos dejar en el estante. Precisamente cuando la revelación está completa en Cristo es cuando se me da siempre de una manera nueva. Si quiero conocer a Dios, tengo que entrar en la revelación. Si quiero hablar con Dios, uso sus palabras, porque son las que mejor llegan a él, precisamente porque mis palabras no alcanzan la fuerza trascendente de la palabra de Dios.
Entonces, la revelación sigue caminando en la historia del hombre, sigue manifestando a Dios, y, aunque son las mismas palabras, lo sigue manifestando de una manera siempre nueva. Por eso no puede contener una doctrina, porque una doctrina es un sistema, y es un sistema que tiene una lógica en donde una cosa habla de la otra. Pero la Biblia no es eso: la Biblia es el lugar privilegiado donde Dios se manifiesta a los hombres. Por eso está siempre en activo, siempre es ese Dios que se está manifestando.
Pero no es el único lugar de la revelación de Dios. En realidad, la revelación que está en la Biblia tiene que transmitirse. Esa transmisión es también una realidad: ese pasar de la generación de Abraham a la de Isaac, de la de Isaac a la de Jacob, y así hasta nosotros, hasta nuestra generación, que también transmite la revelación. Ese proceso es la tradición de la fe.
Esta palabra suele traer mucha confusión porque la tradición tiene que ver con el pasado, sin duda, pero no es algo que viene hecho del pasado. Hay que atender a la delicadeza del lenguaje: la tradición no es una cosa, es un proceso. Es el proceso por el cual aquello que fue real y verdadero en el pasado viene a esta época y sigue siendo real y verdadero.
Pero sigue siendo real y verdadero en un hombre que es distinto del de hace cien años. En parte es igual, en parte es distinto. Entonces, sigue siendo real y verdadero a condición de que le hable al hombre que somos hoy. Por eso la tradición está siempre cambiando.
Muchos grupos tradicionalistas confunden —y nos confunden— este concepto de tradición. Se dice: “el misal de tal papa contenía la Eucaristía entera; si yo repito lo que dice ese manual, realizo la Eucaristía”. Lo más probable es que te desvíes. Por eso necesitamos continuamente el magisterio, que va arbitrando entre las interpretaciones de una época y de otra, y va diciendo: “esto desvía de la fe, esto la expresa adecuadamente para nosotros hoy”.
Por eso la fe, al mismo tiempo que se mantiene idéntica a sí misma, va cambiando, porque el hombre al que le habla va cambiando. La doctrina se profundiza, la fe varía en su forma de hablar para poder mantener y decir siempre ese núcleo, que es el encuentro con Dios, la revelación de Dios.
¿Qué son los Padres de la Iglesia? Cuando termina la revelación del Nuevo Testamento, comienza una vida de la Iglesia que es multiforme: se abre al mundo y, ya en los siglos II, III y IV, hay Iglesia en lugares impensados, en lugares de los que la propia revelación no hablaba.
Podemos decir que los Padres de la Iglesia son los escritores eclesiásticos, pensadores, teólogos, doctores de la Iglesia —la mayoría de ellos santos— que desarrollaron la doctrina cristiana a la luz de la implantación de la Iglesia en el mundo, en los seis primeros siglos de la fe. El período patrístico abarca aproximadamente desde el siglo II hasta el VI, con un centro de referencia muy importante en el Concilio de Nicea (325), donde se define la formulación trinitaria de nuestra fe: Dios uno y trino, tres personas y un solo Dios verdadero.
Ese núcleo doctrinal no lo encontramos formulado así en la Biblia. Notemos que Nicea es en el año 325: pasan tres siglos hasta que la Iglesia encuentra el lenguaje para decir eso. La tarea de buscar ese lenguaje, de convertirlo en enseñanza, de poder definir a partir de ahí quién es cristiano y quién no lo es, fue la tarea de los Padres de la Iglesia.
Entre ellos hay figuras muy destacadas: san Agustín, san Juan Crisóstomo, san Ambrosio. Hay también figuras menores, pero, en general, todo el conjunto de los Padres de la Iglesia son luminarias de nuestra fe.
Esto no quiere decir que yo lea las homilías de san Juan Crisóstomo sobre san Lucas y ya tenga todo san Lucas aprendido. No: ellos nos enseñan, sobre todo, un modo de mirar. Dan forma a muchos aspectos de la doctrina cristiana, y otros se desarrollarán con el tiempo.
Podríamos decir que en el siglo VI o VII termina esta etapa de formación de la fe. Por eso concluye la época patrística y comienza la de los teólogos.
El testigo Fiel cuenta con una amplia sección dedicada a los Padres de la Iglesia, con datos sobre ellos, pero también muchos escritos. A su vez en esta sección pueden leerse todos los fragmentos de las obras de los Padres, que la Liturgia de las Horas utiliza cada día en su Oficio de Lecturas.
Hay un documento de la Iglesia que recomendaría a todos. Es un documento del Magisterio: no es sencillo, pero es precioso, porque nos va llevando de la mano desde el acto por el cual Dios se revela hasta la recepción de la Biblia por la Iglesia. Es la Constitución dogmática «Dei Verbum» del Concilio Vaticano II (1965).
Es un documento realmente hermoso. Contiene formulaciones complejas y completas sobre la fe y su relación con la tradición, con la Biblia y con la revelación. Por ejemplo, uno esperaría que comenzara hablando de la Biblia, pero no: empieza hablando de la revelación. Y la Biblia aparece plenamente en el número 11, donde se dice: “La revelación que la Sagrada Escritura contiene y ofrece ha sido puesta por escrito...”.
Notemos la expresión: “contiene y ofrece”. Uno espontáneamente diría: “La Sagrada Escritura es la revelación de Dios”. Pero no: contiene y ofrece, porque Dios no puede ser identificado con ninguna realidad material. Ni siquiera la Biblia, como libro, es la revelación de Dios, sino que la contiene y la ofrece. Leyéndola, entro en el Dios vivo: leyendo letras, entro en la dimensión del Dios vivo, que está más allá de esas letras.