
Saludo del Santo Padre en la explanada de la Basílica, antes del inicio de la Vigilia, a los fieles presentes en la Plaza de San Pedro
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenas noches! ¡Bienvenidos!
Un saludo muy fraternal y muy cordial a todos vosotros. Gracias por vuestra presencia, por haber querido responder a esta llamada, a esta invitación a unirnos todos con nuestra voz, con nuestros corazones, con nuestra vida, para rezar por la paz. Todos llevamos la paz en nuestros corazones. Que la paz reine verdaderamente en todo el mundo y que seamos nosotros los portadores de este mensaje.
¡Dios nos escucha, Dios nos acompaña! Jesús nos dijo que donde dos o tres se reúnen en su nombre, Él está presente entre ellos. En estos días de la Octava de Pascua creemos profundamente en la presencia de Jesús resucitado entre nosotros.
Ahora, unidos en la oración del Santo Rosario, pidiendo la intercesión de nuestra Madre María, queremos decirle al mundo entero que es posible construir la paz, una paz nueva; que es posible vivir juntos con todos los pueblos de todas las religiones, de todas las razas; que queremos ser discípulos de Jesucristo unidos como hermanos y hermanas, todos unidos en un mundo de paz.
¡Recen con nosotros! ¡Gracias por su presencia! Que Dios los acompañe a ustedes y a sus seres queridos hoy y siempre.
Les imparto desde aquí la bendición; luego recemos juntos desde la Basílica y ustedes pueden seguirnos a través de las pantallas. Gracias de nuevo por su presencia.
[Bendición]
Gracias a todos, que tengan una buena oración.
Reflexión del Santo Padre León XIV en la Vigilia de oración por la paz
Queridos hermanos y hermanas,
vuestra oración es expresión de esa fe que, según las palabras de Jesús, mueve montañas (cf. Mt 17,20). Gracias por haber acogido esta invitación, reuniéndoos aquí, junto a la tumba de San Pedro, y en tantos otros lugares del mundo para invocar la paz. La guerra divide, la esperanza une. La prepotencia pisotea, el amor levanta. La idolatría ciega, el Dios vivo ilumina. Basta un poco de fe, una migaja de fe, queridísimos, para afrontar juntos, como humanidad y con humanidad, esta hora dramática de la historia. La oración, de hecho, no es un refugio para eludir nuestras responsabilidades, no es un anestésico para evitar el dolor que tanta injusticia desata. Es, en cambio, la respuesta más gratuita, universal y disruptiva a la muerte: ¡somos un pueblo que ya resucita! En cada uno de nosotros, en cada ser humano, el Maestro interior enseña, de hecho, la paz, impulsa al encuentro, inspira la invocación. ¡Levantemos, pues, la mirada! ¡Levantémonos de entre los escombros! Nada puede encerrarnos en un destino ya escrito, ni siquiera en este mundo en el que parecen no bastar las tumbas, porque se sigue crucificando, aniquilando la vida, sin derecho y sin piedad.
San Juan Pablo II, incansable testigo de la paz, dijo con emoción en el contexto de la crisis iraquí de 2003: «Pertenezco a esa generación que vivió la Segunda Guerra Mundial y sobrevivió. Tengo el deber de decir a todos los jóvenes, a los más jóvenes que yo, que no han tenido esta experiencia: “¡Nunca más la guerra!”, como dijo Pablo VI en su primera visita a las Naciones Unidas. ¡Debemos hacer todo lo posible! Sabemos bien que la paz no es posible a cualquier precio. Pero todos sabemos cuán grande es esta responsabilidad» (Angelus, 16 de marzo de 2003). Esta tarde hago mío su llamamiento, tan actual.
La oración nos educa a actuar. Las limitadas posibilidades humanas se unen en la oración a las infinitas posibilidades de Dios. Los pensamientos, las palabras y las obras rompen, entonces, la cadena demoníaca del mal y se ponen al servicio del Reino de Dios: un Reino en el que no hay espada, ni drones, ni venganza, ni banalización del mal, ni lucro injusto, sino solo dignidad, comprensión, perdón. Tenemos aquí un dique contra ese delirio de omnipotencia que a nuestro alrededor se vuelve cada vez más impredecible y agresivo. Los equilibrios en la familia humana se ven gravemente desestabilizados. Se arrastra incluso al discurso de la muerte el Santo Nombre de Dios, el Dios de la vida. Desaparece entonces un mundo de hermanos y hermanas con un solo Padre en los cielos y, como en una pesadilla nocturna, la realidad se puebla de enemigos. Por doquier se perciben amenazas, en lugar de llamadas a la escucha y al encuentro. Hermanos y hermanas, quien reza es consciente de sus propios límites, no mata ni amenaza con la muerte. En cambio, está sometido a la muerte quien ha dado la espalda al Dios vivo, para hacer de sí mismo y de su propio poder un ídolo mudo, ciego y sordo (cf. Sal 115,4-8), al que sacrificar todo valor y pretender que el mundo entero se doble ante él.
¡Basta ya de la idolatría de uno mismo y del dinero! ¡Basta ya de la exhibición de la fuerza! ¡Basta ya de la guerra! La verdadera fuerza se manifiesta en el servicio a la vida. San Juan XXIII, con sencillez evangélica, escribió: «De la paz todos se benefician: los individuos, las familias, los pueblos, toda la familia humana». Y repitiendo las lapidarias palabras de Pío XII, añadía: «Nada se pierde con la paz. Todo se puede perder con la guerra» (Carta enc. Pacem in terris, 62).
Unamos, pues, las energías morales y espirituales de millones, de miles de millones de hombres y mujeres, de ancianos y jóvenes que hoy creen en la paz, que hoy eligen la paz, que curan las heridas y reparan los daños causados por la locura de la guerra. Recibo muchas cartas de niños de las zonas de conflicto: al leerlas se percibe, con la verdad de la inocencia, todo el horror y la inhumanidad de acciones de las que algunos adultos se jactan con orgullo. ¡Escuchemos la voz de los niños!
Queridos hermanos y hermanas, sin duda existen responsabilidades ineludibles para los gobernantes de las naciones. A ellos les gritamos: ¡deteneos! ¡Es tiempo de paz! ¡Sentaos a las mesas del diálogo y la mediación, no a las mesas donde se planea el rearme y se deliberan acciones de muerte! Sin embargo, existe, no menos grande, la responsabilidad de todos nosotros, hombres y mujeres de tantos países diferentes: una inmensa multitud que repudia la guerra, con hechos, no solo con palabras. La oración nos compromete a convertir lo que queda de violencia en nuestros corazones y en nuestras mentes: convirtámonos a un Reino de paz que se construye día a día, en los hogares, en las escuelas, en los barrios, en las comunidades civiles y religiosas, ganando terreno a la polémica y a la resignación con la amistad y la cultura del encuentro. Volvamos a creer en el amor, en la moderación, en la buena política. Formémonos y comprometámonos en primera persona, cada uno respondiendo a su propia vocación. ¡Cada uno tiene su lugar en el mosaico de la paz!
El Rosario, al igual que otras formas de oración muy antiguas, nos ha unido esta noche en su ritmo regular, basado en la repetición: así se abre paso la paz, palabra tras palabra, gesto tras gesto, como una roca se excava gota a gota, como en el telar el tejido avanza movimiento tras movimiento. Son los largos tiempos de la vida, signo de la paciencia de Dios. Necesitamos no dejarnos arrollar por la aceleración de un mundo que no sabe qué persigue, para volver a servir al ritmo de la vida, a la armonía de la creación, y curar sus heridas. Como nos ha enseñado el Papa Francisco, «se necesitan artesanos de la paz dispuestos a iniciar procesos de sanación y de renovado encuentro con ingenio y audacia» (Carta enc. Fratelli tutti, 225). De hecho, existe «una “arquitectura” de la paz, en la que intervienen las diversas instituciones de la sociedad, cada una según su competencia, pero también hay una “artesanía” de la paz que nos involucra» (ibíd., 231).
Queridos hermanos y hermanas, volvamos a casa con este compromiso de orar siempre, sin cansarnos, y de una profunda conversión del corazón. La Iglesia es un gran pueblo al servicio de la reconciliación y de la paz, que avanza sin vacilar, incluso cuando el rechazo de la lógica bélica puede costarle incomprensión y desprecio. Ella anuncia el Evangelio de la paz y educa a obedecer a Dios antes que a los hombres, especialmente cuando se trata de la dignidad infinita de otros seres humanos, puesta en peligro por las continuas violaciones del derecho internacional. «En todo el mundo es deseable que cada comunidad se convierta en una “casa de la paz”, donde se aprenda a desactivar la hostilidad mediante el diálogo, donde se practique la justicia y se custodie el perdón. Hoy más que nunca, de hecho, es necesario mostrar que la paz no es una utopía» (Mensaje para la LIX Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero de 2026).
Hermanos y hermanas de todas las lenguas, pueblos y naciones: somos una sola familia que llora, que espera y que se levanta. «Nunca más la guerra, aventura sin retorno; nunca más la guerra, espiral de lutos y violencia» (San Juan Pablo II, Oración por la paz, 2 de febrero de 1991).
Queridísimos, ¡la paz sea con todos vosotros! Es la paz de Cristo resucitado, fruto de su sacrificio de amor en la cruz. Por eso le dirigimos nuestra súplica:
Señor Jesús,
tú venciste a la muerte sin armas ni violencia:
disolviste su poder con la fuerza de la paz.
Danos tu paz,
como a las mujeres indecisas en la mañana de Pascua,
como a los discípulos escondidos y asustados.
Envía tu Espíritu,
aliento que da vida, que reconcilia,
que convierte en hermanos y hermanas a los adversarios y a los enemigos.
Inspíranos la confianza de María, tu madre,
que con el corazón desgarrado permaneció bajo tu cruz,
firme en la fe de que resucitarías.
Que la locura de la guerra llegue a su fin
y que la Tierra sea cuidada y cultivada por quienes aún
saben engendrar, saben custodiar, saben amar la vida.
¡Escúchanos, Señor de la vida!