Con una grandeza de ánimo realmente digna de encomio, el pequeño rebaño, privado de la estimulante presencia del Pastor, pero sin dudar lo más mínimo de que él se cuidaba de ellos con paternal solicitud, llamaba a las puertas del cielo con devotas súplicas, en la seguridad de que las oraciones de los justos penetrarían en él, y de que el Señor no desoiría las súplicas de los pobres o de que no retornarían sin el acompañamiento de copiosas bendiciones. E insistían con paciente perseverancia, según el dicho del profeta: Si tarda, espera, porque ha de llegar sin retrasarse.
Con razón, pues, el oído de Dios escuchó la disposición de su corazón y no frustró la esperanza de quienes se mostraron magnánimos, longánimes y unánimes. Estas virtudes son testimonio irrecusable de fe, esperanza y caridad. En efecto, es evidente que la esperanza genera la longanimidad y la caridad da origen a la unanimidad. Pero ¿es igualmente cierto que la fe hace al hombre magnánimo? Sí, por cierto, y sólo ella. Pues todo aquello de lo que uno blasona sin la fe como fundamento, no se apoya en aquella sólida grandeza de alma, sino sobre una cierta ventosa afectación o inane presunción. ¿Quieres escuchar a un hombre magnánimo? Dice: Todo lo puedo en aquel que me conforta.
Imitemos, hermanos, esta triple preparación si deseamos obtener la medida rebosante del Espíritu. Y si bien a cada uno -excepto a Cristo-se le ha dado el Espíritu con medida, sin embargo da la impresión de que el cúmulo de la medida rebosante excede en cierto modo la medida.
La magnanimidad se hizo patente en nuestra conversión; sea igualmente evidente la longanimidad en la consumación y la unanimidad en nuestro tenor de vida. Aquella celestial Jerusalén desea ser instaurada con almas de este temple, a quienes no falte ni la grandeza de la fe en asumir el yugo de Cristo, ni la longanimidad de la esperanza en el perseverar, ni la cohesión de la caridad, que es el ceñidor de la unidad consumada.