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El Testigo Fiel
formación, reflexión y amistad en la fe, con una mirada católica ~ en línea desde el 20 de junio de 2003 ~
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Documentación: Bernardo de Claraval, abad
Memoria de san Bernardo, abad y doctor de la Iglesia, el cual, habiendo ingresado junto con treinta compañeros en el nuevo monasterio del Císter, fue después fundador y primer abad del monasterio de Clairvaux, donde dirigió sabiamente, con la vida, la doctrina y el ejemplo, a los monjes por el camino de los mandamientos del Señor. Recorrió una y otra vez Europa para restablecer la paz y la unidad e iluminó a toda la Iglesia con sus escritos y sus sabias exhortaciones, hasta que descansó en el Señor cerca de Langres, en Francia.

Primicia de la sabiduría es el temor del Señor

fuente: Sermones sobre el Cantar de los cantares (Sermón 37,5-7: Opera omnia, Edit. Cister. t. 2, 1958, 12-14)
Se utiliza en: Martes, XXIII semana del Tiempo Ordinario (par)

Si estamos bajo el dominio de la ignorancia de Dios, ¿cómo vamos a esperar en aquel a quien ignoramos? Y si no nos conocemos a nosotros mismos, ¿cómo podremos ser humildes, pensando ser algo, cuando en realidad no somos nada? Y sabemos que ni los soberbios ni los desesperanzados tendrán parte o comunión en la herencia de los santos.

Considera, pues, ahora conmigo con cuánto cuidado y solicitud debemos desterrar de nosotros estos dos tipos de ignorancia, el primero de los cuales es el origen de todo pecado, y el segundo, de su consumación; cómo, por el contrario, los dos conocimientos opuestos —de Dios y de nosotros mismos— son respectivamente el principio y la perfección de la sabiduría; uno el temor del Señor y el otro la caridad.

Porque, así como el principio de la sabiduría es temer al Señor, así el principio de todo pecado es la soberbia; y como el amor de Dios se atribuye a sí mismo la perfección de la sabiduría, así la desesperación reclama para sí la consumación de toda malicia. Y así como de tu propio conocimiento nace en ti el temor de Dios, y del conocimiento de Dios se origina el amor al mismo, así, contrariamente, de tu personal desconocimiento surge la soberbia, y de la ignorancia de Dios procede la desesperación. Así, pues, la ignorancia de ti mismo te acarrea la soberbia, pues engañado por una mentalidad ciega y falaz, te crees mejor de lo que en realidad eres. Precisamente en esto consiste la soberbia, aquí está la raíz de todo pecado: en considerarte a tus ojos mejor de lo que eres ante Dios, mejor de lo que eres en realidad.

No existe, pues, peligro alguno, por más que te humilles, por más que te consideres menos de lo que eres, es decir, menos de lo que la Verdad te valora. Es, en cambio, un gran mal y un peligro horrendo si te crees superior, por poco que sea, a lo que en realidad eres, o si en tu apreciación te prefieres aunque sólo sea a uno de los que tal vez la Verdad juzga igual o superior a ti. Un ejemplo aclarará la idea: si pretendes pasar por una puerta cuyo dintel es excesivamente bajo, en nada te perjudicará por más que te inclines; te perjudicará, en cambio, si te yergues aun cuando no sea más que un dedo sobre la altura de la puerta, de suerte que te arrearás un coscorrón y te romperás la cabeza. Así ocurre a nivel espiritual: no hay que temer en absoluto una humillación por grande que sea, pero hemos de tener un gran horror y temor al más mínimo movimiento de temeraria presunción. Por lo tanto, oh hombre, no te atrevas a compararte con los que son superiores o inferiores a ti, no te compares con algunos ni siquiera con uno solo. Porque ¿qué sabes tú, oh hombre, si aquel uno, a quien consideras como el más vil y miserable de todos, qué sabes —insisto— si, merced a un cambio operado por la diestra del Altísimo, no llegará a ser mejor que tú y que otros en sí, o si lo es ya en Dios?

Por eso el Señor quiso que eligiéramos no un puesto mediano ni el penúltimo, ni siquiera uno de los últimos, sino que dijo. Vete a sentarte en el último puesto, de modo que sólo tú seas el último de todos los comensales, y no te prefieras, ni aun oses compararte, a ninguno.

Otras lecturas del mismo autor

Con él estaré en la tribulación - [(Sermón 17 sobre el salmo 90: Tú que habitas, 4, 6: Opera omnia, edición cisterciense, 4 [1966], 489-491)]
El orden del amor distribuyó en nuestra casa tres ministerios - [(Sermón 3 en la Asuncion de la bienaventurada Virgen María, 4. 5: PL 183, 423. 424)]
La castidad sin la caridad no tiene valor - [Carta 42 a Enrique, arzobispo de Sens [o Tratado sobre las costumbres y el ministerio de los obispos], 3,8 (PL 182,816-817)]
Piensa en María e invócala en todos los momentos - [De las homilías sobre las excelencias de la Virgen María (Homilía 2, 17, 1-33: SCh 390, 1993, 168-170)]
Vivimos en la esperanza - [De los sermones (Sermón 7 sobre el salmo 90, 1.3.5.6.12: Opera omnia, edit Cister. t. 4, 1966, 412-416. 421)]
Esperamos la celestial consolación - [De los sermones sobre la Ascensión del Señor (Sermón 5 - Opera omnia Edit Cister. t. 5, 149 150)]
Todo el mundo espera la respuesta de María - [Homilía sobre las excelencias de la Virgen Madre 4,8-9]
Preparada por el Altísimo, designada anticipadamente por los padres antiguos - [Homilías sobre las excelencias de la Virgen Madre (Homilía 2, 1-2.4: Opera omnia ed. Cister, 4, 1966, 21-23)]
Que te guarden en tus caminos - [Sermón 12 sobre el salmo 90: 3,6-8 (Opera Omnia, ed. cisterc, 4 [1966], 458-462)]
Hay que buscar la sabiduría - [Sermón 15 sobre diversas materias (PL 184, 577 579)]
Vendrá a nosotros la Palabra de Dios - [Sermón en el Adviento del Señor 5,1-3]
La Madre estaba junto a la cruz - [Sermón en el domingo de la infraoctava de la Asunción, 14-15]
En la plenitud de los tiempos vino la plenitud de la divinidad - [Sermón en la Epifanía del Señor 1,1-2]
Conviene meditar los misterios de salvación - [Sermón sobre el acueducto (Opera Ominia, ed. cirsterciense, 5 [1968], 282-283)]
Si creció el pecado, más desbordante fue la gracia - [Sermón sobre el Cantar de los Cantares 61,3-5]
Amo porque amo, amo por amar - [Sermón sobre el libro del Cantar de los cantares (Sermón 83,4-6: Opera omnia, edición cisterciense, 2 [1958], 300-302)]
Yo pienso designios de paz - [Sermones (Sermón 2, 1-2 en el día de Pentecostés: Opera omnia, Edit. Cist. t. 5, 1968, 165-166)]
Adorna tu morada, Sión, porque el Señor te prefiere a ti - [Sermones (Sermón 2, 1. 2. 3 en la dedicación de la Iglesia: Opera omnia, Edic. Cister. t. 5, 375-377)]
Apresurémonos hacia los hermanos que nos esperan - [Sermones (Sermón 2. Opera Omnia, ed. cisterc, 5 [1968], 364-368)]
La ciencia de los santos consiste en sufrir aquí temporalmente y deleitarse eternamente. - [Sermones (Sermón 21, 1-3: Opera omnia, Edit Cister t. 6, 1, 1970, 168-170)]
Me pondré de centinela para escuchar lo que me dice - [Sermones (Sermón 5, 1-4: Opera omnia, Edit Cist. 6, 1, 1970, 98-103)]
Apresurémonos al encuentro de los que nos esperan - [Sermones (Sermón 5, 2-3.6 en la fiesta de Todos los Santos : Opera omnia, Edit. Cister. t. 5, 1968, 362-363.365)]
Sobre los grados de la contemplación - [Sermones (Sermón 5, 4-5: Opera omnia, Edit Cist. 6, 1, 1970, 103-104)]
Preciosa la sabiduría que nos da a conocer a Dios - [Sermones (Sermón 7, en la Epifanía: Opera omnia, ed. Cister 1970, 671, 26-27)]
No llores, Jerusalén, porque está para llegar tu salvación - [Sermones sobre el Adviento (Sermón 10-11: Opera omnia, Edit. Cister t. 6, 1, 1970, 19-20)]
Jesús es miel en la boca, melodía en el oído, júbilo en el corazón - [Sermones sobre el Cantar de los cantares (Sermón 15, 4-6: Opera omnia. Edit. Cister, 1957, 1, 84-86)]
Me casaré contigo en misericordia y en fidelidad - [Sermones sobre el Cantar de los Cantares (Sermón 27, 4. 6-7: Opera omnia, Edit. Cister. t. 1, 1957, 185-187)]
Habitaré y caminaré con ellos - [Sermones sobre el Cantar de los cantares (Sermón 27, 7. 9 Opera omnia, Edit. Cister. 1957, 1, 186-188)]
Él es el pastor, él es pasto, él es la redención - [Sermones sobre el Cantar de los cantares (Sermón 31, 8-10: Opera omnia. Edit Cisterc. 1957, 1, 224-226)]
Para tener un corazón sensible a la miseria ajena, es necesario que primero reconozcas la tuya propia - [Tratado sobre los grados de la humildad y la soberbia (Tratado III, 6: Opera omnia, Edit. Cisterc. 3, 1963, 20-21)]
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