Reconozco este nombre por haberlo leído en Isaías: A sus siervos - dice- les dará otro nombre. El que quiera felicitarse en el país, se felicitará por el Dios veraz. ¡Oh nombre bendito, óleo difundido por doquier! ¿Hasta dónde? Desde el cielo hasta Judea, y desde allí fluye por toda la tierra; y desde todos los confines del orbe la Iglesia canta: Tu nombre es óleo derramado. Y bien derramado ciertamente, puesto que no sólo se difundió por cielos y tierra, sino que alcanzó a los mismos infiernos, de modo que al nombre de Jesús se dobla toda rodilla -en el cielo, en la tierra y en el infierno-, diciendo: Tu nombre es óleo derramado. Ved a Cristo, ved a Jesús: ambos nombres fueron infundidos a los ángeles, ambos difundidos entre los hombres, entre aquellos hombres que, cual bestias, se revolcaban en su propia miseria, salvando así a hombres y animales de acuerdo con la sobreabundante misericordia de Dios. ¡Qué grandeza y qué humildad la de este nombre!
Humilde sí, pero saludable. Si no fuera humilde no se derramaría sobre mí; y si no fuese saludable no me habría rescatado. Soy partícipe de este nombre, y también de su herencia. Soy cristiano, hermano de Cristo soy. Y si soy lo que afirmo, entonces soy heredero de Dios y coheredero con Cristo. Y ¿qué tiene de extraño que el nombre del Esposo sea un nombre derramado, cuando es derramado el mismo Esposo? Pues él se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo. Finalmente dice: Estoy como agua derramada. La plenitud de la divinidad, habitando corporalmente en la tierra, fue derramada para que cuantos estamos revestidos de un cuerpo mortal participáramos de esta plenitud y, saturados de este perfume vital, exclamáramos: Tu nombre es óleo derramado.
Existe indudablemente una cierta analogía entre el óleo y el nombre del Esposo, y no sin motivo el Espíritu Santo subrayó esta interrelación. No sé si a vosotros se os ocurrirá alguna razón más convincente; yo la descubro en la triple función del óleo: luce, alimenta, unge. Fomenta el fuego, nutre el cuerpo, alivia el dolor: luz, alimento, medicina. Lo mismo podemos afirmar del nombre del Esposo: predicado, ilumina; meditado, nutre; invocado, alivia y unge.
¿De dónde piensas que ha surgido sobre la faz de la tierra una tan grande y súbita luz de fe, sino de la predicación del nombre de Jesús? ¿No nos llamó Dios, en el resplandor de este nombre, a su luz admirable, de modo que, iluminados por ellos y viendo la luz en este resplandor, pueda con razón afirmar Pablo: Antes erais tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor? El mismo Apóstol recibió el encargo de llevar este nombre ante los reyes y los paganos, y ante los hijos de Israel. Y lo llevaba como una antorcha que iluminaba la patria, y pregonaba por doquier: La noche está avanzada, el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz. Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad. Y lo mostraba a todos como candil sobre el candelero, anunciando por todas partes a Jesús, y éste crucificado.
¡Cómo brilló esta luz y cómo deslumbró los ojos de todos los presentes cuando, saliendo cual relámpago de la boca de Pedro, fortaleció materialmente los pies y los tobillos de un lisiado e iluminó a muchos ciegos en el espíritu! ¿No es cierto que arrojó ascuas encendidas cuando gritó: En nombre de Jesucristo Nazareno, echa a andar?
Pero el nombre de Jesús no es solamente luz: es también alimento ¿O es que no te sientes reconfortado cada vez que lo recuerdas? ¿Hay algo que como él nutra adecuadamente el espíritu del que lo medita? ¿Hay algo que como él calme el tumulto de los sentidos, dé vigor a las virtudes, fomente las costumbres buenas y honestas y alimente los castos afectos? Al alma le resulta poco apetitoso cualquier alimento si no va sazonado con este óleo; le resulta insípido si no va condimentado con esta sal. Si escribes, no me sabe a nada si no leo allí el nombre de Jesús; si hablas o predicas, no me sabe a nada si no oigo el nombre de Jesús. Jesús es miel en la boca, melodía en el oído, júbilo en el corazón.