El nombre egipcio "pharao" significa "casa grande", y no se refiere originalmente al cargo del rey sino al palacio real; recién a mediados del segundo milenio comienza a usarse translaticiamente como título del rey en tanto gobernante de los distintos territorios pertenecientes a la corona; es en el primer milenio cuando pasa a ser el título real por excelencia, junto al nombre personal, de modo que equivaldria aproximadamente a "Su majestad....".
Dado que la Biblia fue escrita ya en el primer milenio, por anacronismo utliza este título para el rey de Egipto en todos los relatos que se refieren a él en los libros del Pentateuco, cronológicamente ubicadas (las narraciones, no la escritura) en el segundo milenio.
Es imposible identificar a este rey que, en la narración, se relaciona con Abraham, del momento en que es imposible situar en el tiempo, siquiera de manera medianamente aproximada al propio patriarca (ver nota en él).
Esta historia del patriarca con el rey de Egipto se repite otras dos veces, con el mismo patriarca y el rey Abimélek (1) (Gn 20), y con el mismo rey Abimélek (1) y el hijo de Abraham, Isaac (Gn 26,1-11).