La santidad es uno de los, o quizás el más esencial de los atributos de Dios. No sólo él es santo, sino que nada que no sea santo se le puede acercar. De allí que el pueblo de la Alianza tiene como primer desafío ser santo. La santidad puede manifestarse en el terreno moral, cultual, e incluso metafísico: la santidad implica una separación respecto de lo demás. Es por tanto una palabra sumamente utilizada en la Biblia. Ahora bien, como nombre divino aparece recién en confrontación con la falta de respeto de un pueblo profano (Asiria), o se manifiesta, como en Isaías, cuando el pueblo se profana.
Es un apelativo que ayuda a expresar la diferencia y sobre todo la trascendencia divina. Nótese la triple repetición -como marca de absolutez- en Is 6,1-4.