Porque el hombre y el pueblo pecan, tiene que haber conversión. El hombre puede arrepentirse, Dios hace posible la conversión y la sella con su perdón. La palabra conversión, también en hebreo, viene de la metáfora volverse: volver a dar la cara cuando uno ha vuelto la espalda, volver a un puesto del que uno se ha alejado. En el acto religioso domina el término personal. La conversión puede presentarse como un hecho único y puede desdoblarse en varios actos de un proceso. La liturgia penitencial da expresión separada a esos momentos y ayuda a comprender y distinguir su sentido, a) Acusación. El hombre cae en la cuenta de su culpa por algo que lo acusa. Muchas veces es una palabra de Dios, bien el mandato recordado, bien un oráculo profético específico, individual o colectivo. Un castigo saludable cumple la misma función. En ocasiones, la conciencia entrenada reacciona (2Sm 24,10). b) Confesión. El hombre conoce y reconoce, interna y externamente, su pecado y culpa (salmos penitenciales). Lo cual incluye el arrepentimiento. A veces el hombre resiste, y Dios tiene que argumentar y acosar al hombre (Jr 2-3). Con el arrepentimiento puede venir la aceptación del castigo merecido, c) Conversión como vuelta a Dios y cambio de vida (Dt 30,2). Con el perdón de Dios se consuma la reconciliación. Ejemplos clásicos y bien desarrollados de conversión: David (2Sm 12), el pueblo (Jue 10); de conversión imperfecta: el Faraón (Ex 9), Saúl (1Sm 15). Liturgias penitenciales (Sal 50-51; Neh 9; Dn 9). También Dios se ha de volver al pueblo (Sal 90). De Dios se dice que se arrepiente cuando, por la conversión del hombre, no cumple su amenaza, y que no se arrepiente cuando decide mantener su promesa o amenaza (sí: Gn 6,6; 1Sm 15,11; no: Nm 23,19; Os 13,14).