Es un concepto inclusivo, imposible de definir, y es casi la sustancia del AT. La salvación es obra de Dios (Sal 91; Os 13,4), de modo que salvador es uno de sus títulos mayores; no salvan los ídolos (Is 45,20; Is 46,7), que por eso no son dioses; no salva el hombre (Is 26,18). Pero Dios salva por medio de hombres: personajes carismáticos (Jueces), el rey (1Sm 9,16; 1Sm 11,3). El salvador definitivo será el ↗Mesías (Is 19,20; Jr 23), con una salvación perpetua y ofrecida a todos. El Éxodo (Ex, Nm y Jos) ofrece el esquema narrativo fundamental para entender la salvación como obra histórica: se salva de algo, de la esclavitud y el trabajo forzado, sacando de Egipto; se salva para algo, para dar en posesión una ↗tierra, Palestina. Este esquema bimembre se alarga con una pieza intermedia, el camino por el ↗desierto, en la que el pueblo tiene que aceptar y realizar la salvación. Las tres etapas son dramáticas, porque los hombres se oponen a la obra de Dios: se opone el Faraón, y es derrotado en un juicio y una batalla; se oponen los mismos israelitas, que son salvados, y el Señor los educa y pone a prueba y selecciona; se oponen los habitantes de la tierra, y los israelitas tienen que ganarse la promesa. La tierra es final de la esclavitud y de la peregrinación: por eso es libertad y reposo. Pero la tierra es tarea del pueblo y es don para todos; en ella se puede repetir el drama de la salvación. El segundo éxodo repite el esquema básico, cambiando y enriqueciendo sus piezas y proyectándolo hacia un futuro escatológico (cfr. Is 40-55). El esquema se aplica a otras situaciones del pueblo y del individuo, por eso se encuentra en muchos salmos de súplica y acción de gracias. Es fundamental en todo el proceso descrito la personalización: Dios atrae hacia sí (Ex 19,4); libertad es servirle a él; para volver a la tierra hay que volver (= convertirse) a él. La salvación hay que aceptarla reconociendo a su autor y colaborando en la empresa.