Con el cielo compone el universo; es la morada del hombre (Sal 115,16), aunque sigue siendo propiedad de Dios (Sal 24,1). En esta tierra se distingue la superficie, tierra de los vivos (Sal 116,9), y la zona subterránea de los muertos (Is 26,19). También se distingue la tierra universal, el orbe y los territorios, especialmente la tierra prometida. Se llama prometida porque Dios se la promete a los patriarcas para dársela a sus descendientes; pues aunque la tierra entera es de Dios, lo es de modo especial la que llamamos Palestina. Es posesión sagrada, reservada para el pueblo de Dios. Un tiempo la habitaban los cananeos, que la han contaminado con sus abominaciones (Lv 18,24-28) y por eso son desposeídos (Sab 12). Al dar la tierra, Dios se revela dador y fiel a la promesa. Ese don inicial, que ha de ser recordado, se actualiza con el don anual de la lluvia y se materializa en el don de las cosechas. Respecto a la tierra de Egipto, la nueva es posesión: en ella los israelitas ya no son emigrantes; respecto al ↗desierto, es cultivo y ↗descanso; frente a una visión mítica o no problemática, la tierra es tarea en otro plano (no sólo de cultivo), tiene que ser conservada con la fidelidad del pueblo a su Dios. La tierra prometida entera es don al pueblo entero pero ese don se realiza por medio de un reparto de lotes, realizado a suertes; el lote debe quedar en la familia, dándole arraigo y constituyendo la heredad (↗herencia). Varias leyes quieren garantizar ese reparto contra la expropiación global de esa tierra, el que no tiene un lote en propiedad tiene derecho al sustento que da esa tierra (Jos; Dt 26).