En su sentido originario es un componente de lo numinoso, es el sobrecogimiento de la criatura en presencia de Dios; se redobla por la conciencia de pecado que dicha presencia descubre. Ese carácter tiene en textos primitivos (como Gn 28) y lo conserva en las teofanías de castigo (Sal 14; Sal 48; Sal 68,36; Sal 76); pero en ésas también el justo o inocente se siente sobrecogido (Sal 64). Incluso perdonando, Dios infunde respeto (Sal 130). Con el tiempo, el concepto temor pasa a designar el sentido religioso del hombre, y dentro de la alianza, la fidelidad: así en Deuteronomio y en muchos salmos, en los que la palabra hebrea, que etimológicamente significa temeroso, significa de hecho "fieles a Dios". Hay textos en que el temor es paralelo del amor, del pegarse o seguir a Dios. Esa fidelidad incluye sobre todo el cumplimiento de la ↗ley de Dios, y más tarde ese elemento se destaca hasta coincidir prácticamente con el temor de Dios: es el caso de textos sapienciales. En textos sapienciales, el "principio de la sabiduría es el temor de Dios", es decir, el sentido religioso (Prov 1,7; Eclo 1,13-16).