Suceso importante y paradójico de la historia del pueblo: a primera vista, rotura, final, antisalvación; en realidad, tiempo de salvación a oscuras. Políticamente, el destierro se hace inevitable cuando Israel se enreda en el juego de las alianzas y rebeliones, provocando cada vez más al gran poder de turno, Babilonia. Religiosamente, el destierro se hace necesario por la idolatría del pueblo y por su práctica idolátrica del yahvismo; es decir, por la confianza mecánica en las instituciones al margen de sus exigencias. El destierro priva al pueblo de la tierra, del rey y del templo, lo fuerza a un nuevo encuentro con Dios más allá de esas instituciones. El destierro es purificación y expiación. Por ser temporal, se convierte en escuela de esperanza (Is 40-55), y la vuelta geográfica se vuelve símbolo de la vuelta-conversión a Dios.